Hubo un tiempo en el que invertir en bolsa parecía una actividad reservada para señores con tirantes, pantallas y una capacidad sobrenatural para decir palabras como diversificación sin pestañear. Hoy la escena es muy distinta. Basta con descargarse una aplicación como Trade Republic o MyInvestor, pulsar un par de botones y, en menos tiempo que tardas en decidir que serie ver, ya eres accionista de una tecnológica estadounidense cuyo nombres apenas sabes pronunciar. La democratización de la inversión es, en principio, una magnífica noticia. Cada vez más hogares buscan proteger sus ahorros frente a la inflación y constituir un patrimonio a largo plazo. El problema es que la economía tiene una curiosa costumbre. Cuando millones de personas hacen lo mismo al mismo tiempo, de ser una decisión individual para convertirse en un fenómeno macroeconómico.
Es precisamente lo que advierte el Banco Internacional de Pagos (BiS), conocido como el "banco de los bancos centrales". Su informe anual señala que las valoraciones bursátiles, especialmente las relacionadas con la inteligencia artificial, se encuentran en niveles muy exigentes. No afirma que exista una burbuja, pero sí recuerda algo que la historia económica repite con insistencia. Crecer para siempre al mismo ritmo es bastante más difícil de lo que parece. El entusiasmo por la inteligencia artificial ha atraído a miles de pequeños inversores, muchos de ellos con más fe que experiencia. Mientras la cotizaciones suben, todos parecen genios de las finanzas. El problema llega cuando el mercado decide recordar que también sabe bajar. Entonces aparece el famoso "efecto rebaño". Los mismos que compraban con entusiasmo venden con idéntico entusiasmo, solo que esta vez acompañados de frases como "yo ya lo veía venir", pronunciadas exactamente cinco minutos después de pulsar el botón de vender.
Aquí entra en juego el llamado efecto riqueza. Cuando las acciones suben, los hogares se sientes más ricos y consumen más. Pero cuando las bolsas corrigen con fuerza, sucede justo lo contrario. El gasto se frena y la economía puede enfriarse más de la cuenta. En un mundo donde cada vez más familias tienen parte de sus ahorros invertidos, Wall Street deja de ser una película de Martin Scorsese para convertirse en algo que puede influir incluso en las compras del supermercado del barrio. La preocupación del BiS va un paso más allá. El auge de la inteligencia artificial ya no se financia únicamente con el músculo financiero de las grandes tecnológicas; también depende cada vez más de la deuda emitida por empresas de todo el ecosistema. Si las expectativas sobre este sector se enfrían de golpe, no solo caerían las acciones. También podría encarecerse el crédito y frenarse la inversión empresarial, reproduciendo un efecto dominó que la economía conoce demasiado bien.
La moraleja no es dejar de invertir ni esconder los ahorros debajo del colchón, que, además de incómodo, suele ofrecer una rentabilidad bastante discreta. La lección es otra. Invertir exige paciencia, diversificación y, sobre todo, recordar que los mercados financieros no funcionan por aclamación popular. Porque cuando hasta el grupo de WhatsApp de la familia empieza a debatir si comprar acciones de inteligencia artificial, quizá no sea el fin del mundo... pero conviene, al menos, revisar si estamos invirtiendo con la cabeza o simplemente siguiendo a la multitud.


